Una profesión (si es verdadera) es una pasión. Seguramente por eso Lucas Alcaraz no pueda arrepentirse jamás de ser entrenador de fútbol, ni siquiera cuando la profesión se convierte en una tortura. Tampoco el día que uno encuentra el vestuario más indomable. Y menos la noche que se recibe una llamada para ser destituido. Si esta presentación es un intento de aproximarse al profesional y a la persona, será sencilla: son una misma piel. El día que se hizo entrenador, Lucas Alcaraz aceptó el pack completo.

Seguramente porque se hizo futbolero escuchando fascinado las historias de su abuelo, jornalero que supo sufrir y gozar la profesión hasta que alcanzó la gloria cuando se convirtió en el fichaje más veterano de la historia Real Madrid (fichó con 34 años), Lucas Alcaraz es, por encima de todo, un luchador. Sólo así se explica que alguien que eligió este tipo tan especial de profesión, estresante, canalla y nada racional, nunca se haya salido de la rueda desde hace 20 años. Él no se ha cansado de fútbol y, por lo que parece, el fútbol tampoco se ha cansado de él.

Hay que hacer el intento acercarse de verdad a Alcaraz, y eso significa hacerlo por todos sus perfiles, para conocer sus códigos. Y ahí, Lucas casi alcanza la condición de héroe. El fútbol perdió hace tiempo ciertas esencias. Se vació de valores y ha alcanzado niveles de prostitución realmente preocupantes. En ocasiones resulta casi hasta preciso mirar para otro lado cuando se conocen ciertos movimientos que ensucian el negocio. Es grotesco. El clientelismo vive a la orden del día, así que la integridad de Alcaraz, tan en desuso como su lealtad (ha labrado su carrera de la mano de un único representante, Rafael Rodríguez, Rafita), es seguramente uno de sus triunfos más celebrados.

A Alcaraz le gusta trabajar a pie de obra, que para un entrenador es agarrarse un coche a las siete de la mañana un sábado en Elche y bajar dirección Marbella previa parada por Murcia antes de levantarse al día siguiente a trabajarse las dos ciudades deportivas grandes de Sevilla y terminar el fin de semana en Cádiz. Alcaraz ha laborado siempre sobre el terreno. En épocas de trabajo activo y también en vacaciones. O de simple reciclaje. Jamás ha descuidado la tecnología y aburriría su currículo en charlas y conferencias pero Alcaraz, como un buen entrenador de raza, sabe que no hay nada como el trabajo de campo. Maneja, por tanto, dos discos duros: su portátil y su cerebro y podría decirse, resulta inevitable, que siempre se fió más del segundo.

Pero a pesar de su aparente distanciamiento hacia lo nuevo con ese pronto tan suyo y tan futbolero de otra época, en una especie de resistencia a sus raíces que considera necesaria para reconocerse, Alcaraz impulsa desde ya una página web de la que fue pionero, recicla cada poco sus conocimientos de inglés (siempre le han fascinado las ligas británicas, seguramente el próximo gran paso en su carrera), se ha incorporado a twitter, donde acumula miles de seguidores, y jamás se le ha visto dejar de reciclarse e innovar. A Alcaraz le gusta la vida tranquila, incluso a veces él quiere creerlo, pero en el fondo es inquieto. Competitivo y, si puede, innovador.

De su carrera hay hechos conocidos y clichés equivocados. Cumplió el sueño de su vida entrenando al Granada y ni siquiera llegar al Madrid le haría dudar de esa convicción que interiorizó desde su primer día en Chapín. Los hechos conocidos son su fiabilidad como técnico, sus ascensos a Primera División, su excelente ortodoxia, su relación muy profesional con los futbolistas, desde la cual ha alcanzado la amistad con muchos. A Alcaraz le gusta establecerse en un plano distinto al futbolista, al directivo, al socio, al periodista o al peñista. No es una cuestión de jerarquías, ni siquiera de sentirse elitista. Guardar esa distancia tiene que ver con el respeto y con el pragmatismo. No es una seña de distinción ni presunción. Simplemente de esa profesionalidad que él entiende bien y otros muchos técnicos, mal.

Resulta frecuente escuchar voces generalizadas que identifican a Alcaraz como un entrenador excesivamente seco, incluso plano en ocasiones. En esencia, un vinagre. Será difícil cambiar esa visión sin acercarse al personaje. En ocasiones existe la creencia, lógicamente equivocada, de que es el entrenador quien debe acercarse al foco. En términos mercantilistas, es posible que para la carrera de Alcaraz resultase una ventaja. El fútbol está trufado de casos similares. Tal modus operandi choca, sin embargo, con las convicciones de este técnico. De otra manera, sería difícil explicar que Alcaraz no ocupe ya cualquier plató de televisión (prestigioso y especializado, no de la caspa que inunda ahora las parrillas). Podría decirse que su nivel intelectual, su sentido del humor, están demasiado por encima de la mediocridad que nos rodea. A veces sus ironías no gustan, otras generan envidia. En ocasiones, tristemente, ni siquiera se entienden. Alcaraz, ese entrenador que le pide a Colunga que se compre un reloj porque ha pedido minutos en los periódicos o que contesta con un lacónico “en avión” en la sala de prensa del Camp Nou cuando le preguntan cómo se vuelve a Murcia después de un 5-0 ante el Barça, es brillante. Desgraciadamente, en estos tiempos es más sencillo venderse brillante que serlo. La impostura se permite o, lo que es peor, ni se detecta.

Seguramente una de las cualidades más admirables de Lucas Alcaraz sea su respeto por la profesión. Ahora que los gremios han dejado de ser puros y se intoxican de mala manera, con intrusos o profesionales escasamente preparados, Alcaraz no se ha desviado de una línea profesional que mantiene inviolable el código deontológico de un buen técnico. Existen atajos y en ocasiones hasta resultan más exitosos, pero sobre todo existe ética personal. Mantener su decálogo por encima de cualquier ruido le permite estar en paz con lo que hace. Una de las mejores formas de vida posible.

Alcaraz es un tipo demasiado responsable, pero eso no le ha impedido momentos de felicidad íntima y también compartida. Fotos memorables como entrenador de éxito, que es como alcanzar el Everest en el hipercompetitivo fútbol de hoy. Sus primeros días en Granada, cumpliendo un sueño de toda la vida que hoy mira incluso con más plenitud viendo a su equipo de siempre en Primera. Primeros flirteos con la élite en Dos Hermanas, donde condujo una feliz aparición, vivísima y moderna en una Segunda B anquilosada. La construcción del mejor Recre de la historia, desde la fabulosa obra del ascenso con Viquiera y Antoñito hasta la final de la Copa del Rey, cénit del Decano, que vivió los días más maravillosos de su historia en Elche. Allí, antes de la final ante el Mallorca, fue el foco principal del fútbol español. En las fotos de aquella hazaña, de aquel fenómeno estudiado que fue el Recreativo, siempre estará Alcaraz. Como en las imágenes del recordado 3-0 del Racing al Barça  que hizo tambalear un proyecto gigante, el de Laporta y Rijkaard. Aquel día Alcaraz aprendió algo más cuando Rijkaard, campeón de Europa con el Milán, de la Eurocopa, con Holanda y futuro campeón de Europa como técnico azulgrana, se acercó a saludarle con la humildad de quien empieza sabiendo incluso que tenía una posición de máxima debilidad. Un detalle de clase que quedó en el interior de Alcaraz, como el agradecimiento de Murcia para festejar un ascenso esperadísimo en 2007.

Una carrera de éxitos que, sin embargo, dejan una herencia incluso mejor: la diferenciación de planos No permitir que jamás nadie haya invadido su espacio. Pero también no invadir el que no le corresponde. Nadie es de hielo. Los recuerdos de los éxitos emocionan, pero lo que más le emociona a Alcaraz es el trabajo diario. Todos echan de menos ganar. Pero no todos echan de menos trabajar. He ahí la pasión por la profesión que alimenta a Alcaraz.

Criado en una acera cualquiera del concurrido Gran Eje de Jaén, miembro de interminables partidos junto a la vía del tren que pasaba por la avenida de Barcelona pero, sobre todo, granadino de pro, Alcaraz conserva un último valor en peligro de extinción en esta sociedad artificial: la humanidad. Alcaraz sabe que vive con la maleta en la puerta pero le ha resultado imposible evitar las lágrimas en Dos Hermanas, Huelva, Santander, Xerez, Murcia, Córdoba o Almería. Muy ocultamente, Alcaraz desarrolla ese extraño gen que emparenta a uno y le hace inseparable del lugar donde adquiere una rutina. Un gen casi informático que borra los sinsabores y deja un cachito de cada uno allá por donde ha pasado. Alcaraz ha sido socio de todos y cada uno de los clubes por donde ha pasado. Es un gesto más allá de lo material. Es la huella indeleble de que algo de él quedó allí.

No es necesario gastar una línea de este texto discutiendo sobre sus esquemas en los planos físico, técnico táctico ni estratégico. Cuánta tinta a la basura. En el fondo, cuando se desnuda interiormente, Lucas Alcaraz siempre se ha visto vestido de luces como un torero, su gran pasión frustrada. Sólo ante el peligro. Con una maleta y una oportunidad para triunfar en cada plaza que se lo ofrezca. Con el vértigo de la crítica pero con una pasión que supera los miedos. En su furgoneta va toda la cuadrilla: Mati, Lucas y María los primeros. Pero también Rafa y todos los incondicionales. No son muchos, pero le quieren mucho. Esta historia sólo está a mitad de camino.

 

Juan Jimenez Salvadó. Redactor Jefe Diario AS

@juanjimenista

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